En el salón todo estaba aparentemente tranquilo. Sin embargo, dentro del corazón sensible de todos los que se hallaban presentes, el miedo encogía imperceptiblemente alma y cuerpo, paralizándoles casi por completo. Tanto es así, que cuando intentaban realizar cualquier gesto vano como acercarse un vaso de agua embotellada a los labios desde la mesa, músculos y huesos crujían doloridos provocando en los miembros, atrofiados por la tensión, dolores tales que les arrebataban la poca voluntad que aún pudiesen guardar.
Las miradas, que apenas se atrevían a apartarse de cualquier reflejo inerte, mostraban derrota, culpabilidad, y una absoluta impotencia, haciéndoles a todos parecer carcasas envejecidas de un extremo patetismo. Aún más terrible el semblante enfermo de los más jóvenes: los ojos, desorientados por la debilidad y rodeados de un prolongado insomnio, les convertía en seres aún más decrépitos que los ancianos que allí se encontraban: las facciones resultaban tan desagradables para sí mismos y para los demás, que el menor intento de comunicación apagaba aún más los rescoldos de la vida se extinguía en ellos, pues era inevitable mirar una de esas caras sin sentir una repulsa incontenible.
Así dispuestos en el salón, el tiempo debía de estar pasando.
A ratos, cuando la tensión no podía aguantarse, algún suspiro o arrebato de lucha, de desesperación, alguna lágrima asomaba en el rostro de aquellos hombres y mujeres de alma mutilada antes de encontrarse con el vacío y la impotencia de ser ignorados por los demás y que todo volviese a aquella convulsa tranquilidad. Uno entre los ancianos, postrado en el sofá, sostenía un libro que amenazaba con caer al suelo ya que su mano apenas podía ya mantenerlo.
- Enciende el aparato: nos dirá qué debemos hacer. - dijo él mismo, mientras finalmente y con convulsiones, su libro caía al suelo, entre polvo y estruendo, rompiendo el silencio y los lamentos intermitentes de los presentes.
- Sí, encendámoslo – respondió uno que debía ser joven, antes de entregarse a un acceso de tos tan fuerte que los pulmones parecían reventarle, incapaces de digerir el aire.
Los presentes contemplaron las imágenes que aparecieron en la pantalla: hombres y mujeres perfectos, de gran belleza y ojos sagaces, rodeados por paisajes de una riqueza natural excepcional, daban esperanzas sobre el futuro. Se expresaban con elegancia, con confianza, y hablaban en muchos idiomas. Su promesa estaba cargada de optimismo, de resultados, de satisfacciones. Realmente quería haber fe en aquella gente, en sus palabras. Pero ante la mirada atónita de los presentes que miraban la pantalla entre enfermizos y aliviados, una nueva presencia apareció en lugar de aquellos lugares hermosos y aquellas nobles gentes que antes hablaban. Sólo se trataba de una máscara rojiza y difusa, del color de la sangre, pero había algo tan aterrador en ella que los presentes no dejaron de asustarse por momentos.
Las imágenes volvieron a cambiar rápidamente, dando paso a visiones grotescas como la de un gigantesco cementerio de cadáveres pútridos que se extendía hasta el horizonte, trozos de carne humana saltando por los aires ante rostros ejecutores enojados, salones de gran riqueza donde eran servidos manjares de todas las tierras conocidas y abundaban las risas en gargantas que intentaban no atragantarse, hermanos peleando por un miserable charco de agua envenenada hasta sacarse los ojos, o gentes doblegadas a golpes trabajando y enfermando. Los presentes en el salón, horrorizados y aullando en su propia agonía al ver lo que tampoco deseaban, apenas se percataban de que el cielo, más allá de las ventanas del lugar, iba tornando a un extraño color escarlata. Entonces fueron cayendo uno a uno al suelo, bruscamente, cuando la enfermedad ya les había devorado del todo por dentro.






